Uno vuelve a la casa gracias a Dios así su Dios sea la buena suerte. Sobre todo en Colombia. Sobre todo en Bogotá. Según aquel sonado informe de la ONU, en este país en rojo, que a veces no es un país, sino un ejemplo de lo que no se debe hacer, el año pasado hubo 14.782 muertes violentas, pero solo veinte de cada cien asesinos fueron a parar a alguna cárcel. De acuerdo con las cifras oficiales, a pesar de los pactos globales y de las advertencias cada dos minutos es robado un celular en esta ciudad que se porta como un infortunio –uno esconde su dinero, y sale, y mira a lado y lado aunque no vaya a cruzar la calle, y se pone en manos de la suerte así su suerte sea un Dios–, pero el 98 por ciento de las víctimas no denuncia el robo, que suele ser un asalto a mano armada, porque para qué hacerlo si nada va a pasar en “la justicia”, y ya es mucho haber vuelto con vida.
Supe hace poco que Juan José Padilla había muerto. Que el miércoles 11 de junio, cuando caminaba por su barrio hacia la clase que estaba tomando, sufrió un cruel accidente en el que al parecer –ya lo dirá “la justicia”– tuvieron que ver tanto un par de atracadores como un vehículo en exceso de velocidad. Conocí hace más de un año a Juan José, un estudiante de periodismo con los ojos muy abiertos, porque le dio por hacerme unas preguntas para la revista en la que trabajaba: Punto Zero. Después lo vi un par de veces más. Y me crucé con él unos cuantos mensajes. Pero sobre todo recuerdo que cada vez que me lo encontré, y me despedí de él, me quedó claro que vivía y vivía como si no tuviera tiempo que perder.
Ahora sé más. Que su vida era la vida de sus papás. Que todo el mundo lo quería porque no había nada más que hacer con él. Su novia, Ángela, que me dio la noticia hace unos días, me cuenta que “Juanjo” iba a cumplir 19 años en diciembre, que lo anotaba todo, todo, y que oía discos y veía películas y leía libros de viejo, y de tanto en tanto le entraban ganas de decir “yo apenas pueda me voy a vestir como mi abuelo”. Su hermano Christian, un historiador del arte que le llevaba once años, me dice que vio cómo “Juancho” un día pasó de ser ese niño sonriente que mejoraba el día de todos a ser este cinéfilo que no fue el mismo después de ver JFK, este periodista que entrevistaba periodistas, este amigo que le estaba ayudando con una de sus investigaciones.
Qué raro es que se piense que en las ciudades no está ocurriendo esta guerra: que se hayan vuelto simples transeúntes los soldados y los perros guardianes y los escoltas que cuidan a los 7.500 amenazados que andan por ahí. Qué extraño es que sea lo común que en las últimas semanas, detrás de los titulares de los noticieros, a José Montoya y a Jorge Rodríguez y a Carlos Arias los hayan matado por robarles el celular. Será que el horror es lo normal. Será que la violencia, que es costumbre si es negocio, se nos ha vuelto una de las reglas del juego. Y se da por sentado que uno de cada treinta asesinatos que ocurren en la Tierra ocurren en Colombia. Y la impunidad rampante nos prueba que acá se mata porque sí, porque se puede, porque está claro –para el 71 por ciento de los colombianos– que no vendrá luego una justicia que ponga las cosas en su sitio.
Esa puede ser una buena reforma de la justicia: que haya, que exista. Para qué ir a los tribunales a rogar si para eso están los templos. Para qué demandar si, a fuerza de “era un falso testigo” o de “vuelva el otro mes”, se va a perder una década en el proceso.
La última vez que supe, por allá en mayo, Juan José iba a ser un estupendo periodista. Si sus amigos han estado narrando su vida desde el día en que se la quitaron –y yo me sumo– es porque narrar es la única manera de hacer justicia acá en Colombia.
Ricardo Silva Romero


